Qué difícil es, a veces, luchar contra nuestra propia mente. Tomar decisiones que duelen, pero que son necesarias. Soltar aquello que pesa, aunque nuestra alma aún lo abrace y lo desee. Qué duro es sonreír cuando la mente solo quiere explotar y gritar. Qué agotador resulta dialogar con uno mismo, como si dentro habitaran distintas voces, cada una con su propio juicio, cada una tirando hacia un lugar distinto. Hay instantes en los que lo que sentimos, lo que tememos, lo que conviene y lo que deseamos se entremezclan hasta volverse casi indescifrables. Uno se repite en silencio lo que es correcto, aunque ciertas heridas sepan cómo latir justo cuando creías haberlas calmado. Y en esa lucha interior, tan callada como feroz, uno aprende a sostenerse mientras las viejas tentaciones buscan su espacio, disfrazadas de facilidad. Y aun así, a veces pesa más el silencio que remover la cicatriz. Callar, tomar distancia, permitir que algo sane sin volver a tocarlo… no siempre nace del desapego...